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La muchacha miró al público con un ligero temblor en sus labios. El micrófono estaba fuertemente resguardado entre sus manos. Se aferraba a él con energía. Pensó que sus zapatos de taco alto ya no soportaban el peso de su cuerpo. Por un momento quiso retirarse de ese lugar lleno de extraños, pero trató de darse ánimos con el poco optimismo que tenía.

La banda estaba lista. La joven miró al bajista. Éste le sonrió con simpatía, como instándole a cantar. O era tal vez una sonrisa de burla. Con este pensamiento dirigió la mirada al baterista. El joven de aspecto desgarbado le mostró el pulgar de la mano. ¿Y si el dedo optimista se volvía indicándole el abismo del fracaso? Miró al guitarrista. El muchacho estaba listo para comenzar, y esa actitud no incluía el mirar a la cantante. Ella recordó por un momento la discusión que habían tenido durante el último ensayo. “Eres una parodia de cantante. Si toco contigo es porque me da pena que no tengas músicos”, había dicho el joven. Ella se echó a llorar, y como pudo observar en el espejo antes de subir al escenario, sus ojos aún no se recuperaban del mar de lágrimas que había derramado.

La cantante tuvo un sobresalto al escuchar los primeros acordes. El nada de entusiasta público se volvió a mirar al extraño grupo liderado por aquella chica de aspecto tímido y que parecía a punto de desmayarse por los nervios. Ya se acercaba el primer verso…

Señoras y señores, los días de baile de la muchacha han comenzado.

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